Por: Agapito
El regreso de los Dorados de Chihuahua a la Liga Mexicana de Beisbol se pintaba como la consolidación de una plaza históricamente apasionada, un reencuentro con el profesionalismo que el «Estado Grande» merecía. Sin embargo, la campaña de la novena chihuahuense ha mutado rápidamente de un sueño veraniego a una auténtica pesadilla estadística. Hoy en día, la tropa dirigida por Homar Rojas camina con paso errático y parece haber extraviado la fórmula mágica para ganar partidos de forma consistente.
Ver a los Dorados en el standing de la Zona Norte genera frustración. No se trata únicamente de ocupar el frío sótano de la competencia, compartiendo porcentajes alarmantes en la parte baja de la tabla con los Tecos de los Dos Laredos; el problema radica en las formas. Chihuahua es un equipo que compite, que por momentos muestra destellos de agresividad con peloteros capaces de hacer historia en lo individual, pero que carece del instinto matador necesario para cerrar los compromisos en el noveno inning.
Las dolencias del equipo son evidentes y se pueden diagnosticar en dos frentes específicos. Por un lado, el pitcheo abridor y el bullpen han fallado en mantener ventajas que parecían definitivas. El desfile de brazos en la lomita del Estadio Monumental denota desesperación táctica. En el beisbol moderno, si el relevo intermedio no es capaz de contener las ofensivas rivales, cualquier esfuerzo del line-up se vuelve obsoleto. Las dolorosas derrotas en extra-innings o por la vía del «walk-off» evidencian una preocupante debilidad mental y física al momento de la hora cero.
Por otra parte, la ofensiva carece de la consistencia necesaria. El equipo suele adolecer del «síndrome del corredor en base», dejando demasiados hombres suspirando en las almohadillas sin que llegue el imparable oportuno que mueva la pizarra. La directiva ha intentado sacudir el roster con altas, bajas e intercambios de peloteros buscando un revulsivo, pero cambiar las piezas sin modificar la estructura del juego colectivo no ha dado los resultados esperados.
A la temporada regular le restan series cruciales y la brecha hacia la postemporada se ensancha con cada serie perdida en la carretera o en casa. El panorama luce desértico. Para que Dorados despierte del letargo y reencuentre el camino del triunfo, urge un ajuste inmediato en la rotación y una inyección de liderazgo en el vestidor. De lo contrario, este año de retorno no será recordado como el renacer de una leyenda norteña, sino como el recordatorio de que la LMB es un circuito implacable que no perdona las improvisaciones. La División del Norte necesita reencontrar su mística, o resignarse a ver los Playoffs desde la comodidad del televisor.
El retorno de los Dorados de Chihuahua a la Liga Mexicana de Béisbol se proyectaba como un renacer dorado para una de las plazas con mayor tradición en el norte del país. Sin embargo, la realidad de la campaña 2026 ha tomado un tinte grisáceo. Con una marca de 27 victorias y 45 derrotas, compartiendo el fondo de la Zona Norte con los Tecos de los Dos Laredos, la afición chihuahuense se pregunta constantemente en qué parte del camino se extravió el rumbo de la franquicia.
No se trata de una simple racha de mala fortuna. El problema de la «División del Norte» radica en la ausencia de una fórmula estructurada y sostenible para ganar encuentros de manera consistente. El béisbol moderno exige un equilibrio quirúrgico entre el bateo oportuno y un pitcheo hermético; tristemente, Dorados carece de ambos en los momentos más apremiantes del juego. El equipo ha tolerado 401 carreras en contra, una cifra alarmante que expone las carencias en su rotación de abridores y la inestabilidad de su bullpen. Cuando la artillería responde de forma monumental, el pitcheo se desploma; cuando el montículo regala una salida de calidad, los bates se congelan.