domingo, marzo 8, 2026

El eco de lo sublime: la Orquesta Sinfónica de la UACJ inunda el alma de Juárez en su apertura 2026

by Lalo B
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el clima templado de la noche juarense se quedó fuera, vencido en la puerta. Dentro del teatro Gracia Pasquel del Centro Cultural Universitario (CCU), un calor distinto, el de la expectación silenciosa, envolvía a un público que abarrotaba butacas.

A las 19:00 horas del 7 de febrero, sin concesiones para el reloj, la oscuridad se hizo cómplice y los reflectores dirigiéndose al perfil del doctor Daniel Alberto Constandse Cortez, rector de esta institución formativa, acompañado del maestro Alejandro Castillo González, director general de Difusión Cultural y Divulgación Científica, listo para ofrecer su mensaje inaugural.

“Bienvenidos al inicio de temporada de nuestra Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Agradezco a los 47 músicos que nos acompañan y nos deleitan. Muchas gracias por todo su talento, por todo su esfuerzo, a su director, el maestro Lizandro Valentín García Alvarado. Esta temporada incluyen muchas actividades. Serán 10 programas a lo largo del año: conciertos clásicos cuentos sinfónicos, ballet; habrá algunas otras presentaciones con algunas alianzas de otros géneros, así que tendremos un año de mucha actividad cultural”, anunció.

Así, con una solemnidad que era promesa, arrancó el Concierto Inaugural 2026 de la Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (OSUACJ): un homenaje poderoso y sentido a la música como territorio del espíritu.

No fueron solo notas lo que llenó el aire; fue un encuentro, tal como rezaba el programa. Un encuentro íntimo entre la emoción que brota de lo profundo, la técnica precisa y depurada que sostiene el vuelo, y la tradición de una agrupación que ya es columna vertebral de la vida cultural en la frontera.

La orquesta se mostró como un solo organismo, respirando y expresando con una unidad formidable. Las cuerdas tejían bases sólidas y sentimentales, los vientos coloreaban con trazos de melancolía o alegría, y los metales irrumpían con un brillo que erizaba la piel. La acústica cristalina del recinto no dejó escapar ni un matiz: cada pizzicato, cada susurro de la flauta, cada estruendo del timbal llegó nítido, convirtiendo la audición en una experiencia casi táctil.

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