sábado, abril 18, 2026

Cuando un maestro se va… y el campus aprende a decir adiós

by Lalo B
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Ciudad Juarez, Chih.-Pasaban de las seis de la tarde. A esa hora el campus suele latir con fuerza: los pasillos llenos, las plazas tomadas por grupos que conversan, risas que se escapan entre clase y clase, estudiantes que comen algo rápido, docentes que caminan con prisa, administrativos que cierran pendientes. Es la hora del bullicio, del ir y venir constante que le da identidad a la Universidad.

Afuera, una brisa fresca corría entre los jardines y las explanadas, como dando tregua al calor intenso de los últimos días. El aire parecía más ligero, casi compasivo, como si también el clima entendiera que aquella no era una tarde cualquiera.

En el Edificio H, justo en el Auditorio Armando B. Chávez, el murmullo tenía otro tono. El salón estaba completamente lleno, pero no por el ajetreo cotidiano de los alumnos que buscan asiento para una conferencia. Esta vez estaban también padres, madres, hermanos, hijos, esposas, esposos, amigos. Había estudiantes, sí, pero con el gesto contenido. Se respiraba una mezcla de orgullo y nostalgia.

Por primera vez, el ICSA realizaba un homenaje póstumo a cuatro docentes que perdieron la batalla en 2025 y dejaron las aulas demasiado pronto.

El escenario no estaba adornado con reconocimientos académicos ni con diplomas. Lo ocupaban cuatro retratos: la maestra Julieta Armida Anguiano Herrera, el maestro Octavio Márquez Ceniceros, la maestra Karla Yerette Ulibarri Nevada y el maestro José de Jesús Cortés Vera. Cuatro rostros que, en silencio, parecían seguir observando a su comunidad.

A un costado, el coro interpretaba Oculos non vidit, de Orlando di Lasso, acompañado por el Ensamble Coral Universitario UACJ-VOCUME. Las voces elevaban el momento a un plano íntimo. La música no llenaba el auditorio: lo abrazaba.

“Este homenaje no es solamente un acto protocolario; es un ejercicio de gratitud y continuidad. Su legado vive en nuestras aulas, en nuestras investigaciones y en cada estudiante que lleva consigo una parte de su enseñanza”, se escuchó desde el estrado.

No era una frase hecha, se sentía verdadera.

Uno a uno, los coordinadores de los programas académicos donde colaboraron encendieron una vela. La flama pequeña y firme simbolizaba el reconocimiento de toda la comunidad a la vida y obra de quienes, con vocación docente, compromiso social y rigor académico, fortalecieron la institución y marcaron la formación de innumerables estudiantes.

Durante su mensaje, el doctor Jesús Meza Vega, director del ICSA, recordó algo esencial: que la Universidad está hecha de personas.

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